Hay que hacer cosas

Hay que hacer cosas

O no.

Cuando retomé por última vez el blog, hace algo menos de un año, mentí un poco. Claro que advertí de que puede que tras un par de entradas eso quedase abandonado de nuevo pero también dije que iba a intentar no hablar sobre mi y aquí me tenéis.

Ha sido un año raro. Puede que incluso el “raro” se quede corto. Un año de cambios de criterio, sobreexposición a la información, extrañeza y pérdidas laborales, económicas y personales. Un año en el que parece que nada avanzaba y a la vez han pasado muchas cosas. El tiempo está roto y nosotros, un poco, también.

Hace un año nos encerramos en casa e intentamos gestionar como podíamos una situación totalmente inesperada. La agencia en la que trabajaba se acercaba peligrosamente a un ERE por razones ajenas a la pandemia y el teletrabajo se volvía una cosa extraña –agravada además por tener un niño de 3 años jugueteando por toda la casa–. Era el momento de moverse y cambiar cosas y, al mismo tiempo, un mal momento para hacerlo. Decidí dejarlo pasar. Dejar que llegase el ERE que estábamos negociando y dedicarme a estar algo más tranquilo hasta pasado el verano mientras preparaba el terreno, actualizaba el portfolio y armaba de valor para el cambio. 

Llegó septiembre y la algo accidentada vuelta al cole e hice mis primeros intentos. Curriculums enviados a diferentes ofertas, intentando seleccionar un poco y evitar grandes agencias en favor de pequeños estudios, pequeños proyectos personales, ideas de otras vias… El resultado fue descorazonador. Incluso volviendo a incluir en el juego las agencias de publicidad y las ofertas de las que no estaba del todo seguro apenas hice un par de entrevistas, de las que luego nunca supe (pese a que una de ellas si que me pareció que había salido bien). Fué creciendo entonces la idea de lanzarme como autónomo.

El caso –y a esto es a lo que quería llegar– es que entre tanto ha habido momentos duros y, en una semana marcada también por la puesta en agenda de la salud mental, me apetecía poner en orden algunas de las cosas que he pensado (y pasado) este año. Hay un pasaje en el libro Cuatro Futuros de Peter Frase (Blackie Books, 2020) que habla sobre cómo la automatización en el trabajo podría afectar a los trabajadores. En el citaba –hablo de memoria, espero no columpiarme demasiado– estudios que hablan de cómo los factores depresivos en los parados de larga duración se reducen drásticamente cuando alcanzan la jubilación. Más allá de los factores de seguridad e inseguridad económica, nuestra sociedad pone tanto el foco en el trabajo que no tener uno mientras deberías tenerlo te hace sentir mal.

Hace ya un tiempo me apropié de la frase “hay que hacer cosas” como lema. Originalmente quería decir “hay que terminar las cosas que se empiezan” o “hazlo aunque no sea perfecto, la cosa es hacerlo y luego ya lo mejorarás” pero fue evolucionando hacia algo más delicado. Hacer cosas, aunque sean tonterías, me hace sentir algo mejor. Como base es algo positivo, claro, mantenerse activo y eso. Pero crea una dependencia extraña.

 Hago cosas para estar activo, pero también para estar presente. 

Cuando el trabajo tarda en llegar, el síndrome del impostor sobrevuela mi cabeza. “Quizás no soy tan bueno como creo”, pienso, “si no no estaría tardando tanto en encontrar trabajo o me hubieran respondido a esta propuesta o ofrecido algo tras tal entrevista”… Es algo irracional. Sé que puedo hacer cosas buenas, incluso bonitas, pero el síndrome se las apaña para atacar. 

Tengo la inmensa suerte de tener gente majísima alrededor que se preocupa por mi y que, en cuanto me puse a buscar trabajo, me ha ofrecido pequeños, medianos y grandes proyectos. Pero todo proyecto tarda en arrancar. Hay un tiempo de incertidumbre entre que se comenta inicialmente hasta que termina cristalizando que puede ser muy duro. Hacer cosas sirve para combatir la sensación de no estar haciendo lo suficiente, de no estar aprovechando el tiempo. En una forma de buscar feedback. Buscar cariño. A veces, buscar casito. 

Ahí entra el peligro de depender de la reacción en redes, cosa que intento gestionar con no demasiado éxito. Cuando una cosa funciona es genial, pero cuando algo de lo que estás orgulloso no llega a la gente vuelve a iniciarse la rueda de la inseguridad. Además está el hecho de que las redes –aunque me han dado muchas cosas buenas– parecen haberse convertido en picadoras de contenido en las que tienes que estar presente continuamente ofreciendo cosas nuevas para alimentar a la bestia.

Estoy seguro de que hay un equilibrio y estoy dispuesto a encontrarlo. De momento, superada la fase de mayor incertidumbre y a la espera de un cambio mayor que el laboral, voy a intentar relajar la actividad. Creo que me he metido en demasiadas cosas en la búsqueda de vías nuevas de ganarme la vida y, una vez probadas, toca replantear cómo gestionarlo todo.

Hay que hacer cosas, pero hay que hacerlas a gusto. Esa es la parte importante.

 

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